Mientras que los chatbots como ChatGPT responden a consultas, los agentes autónomos están diseñados para actuar. Estos sistemas pueden recibir un objetivo general ("planificar un viaje a Japón" o "investigar competidores") y desglosarlo en sub-tareas, ejecutar acciones en navegadores y software, y adaptarse a los resultados obtenidos sin supervisión paso a paso.
La clave de los agentes autónomos es su capacidad para mantener un "hilo de pensamiento". Pueden evaluar su progreso, corregir errores si una acción falla y buscar rutas alternativas. Utilizan modelos de lenguaje grandes (LLMs) no solo para generar texto, sino como motor de razonamiento para tomar decisiones lógicas en entornos dinámicos.
Para ser útiles, estos agentes necesitan "brazos y piernas" digitales. Se integran con APIs para enviar correos, gestionar calendarios, consultar bases de datos o realizar compras. Esta conectividad les permite realizar trabajo real en el mundo digital, transformándose en asistentes ejecutivos virtuales verdaderamente funcionales.
Dar autonomía a una IA conlleva riesgos. Un agente mal configurado podría realizar acciones no deseadas, como borrar datos importantes o gastar presupuesto excesivo. El desarrollo de "barandillas" de seguridad y mecanismos de supervisión humana es fundamental para asegurar que los agentes operen dentro de límites éticos y operativos seguros.