Las computadoras tradicionales separan el procesamiento (CPU) de la memoria (RAM), lo que crea un cuello de botella de datos. El cerebro humano, en cambio, procesa y almacena en el mismo lugar. La computación neuromórfica intenta replicar esta estructura biológica en chips de silicio para lograr una eficiencia energética sin precedentes.
El cerebro humano consume apenas 20 vatios para realizar tareas que requieren supercomputadoras de megavatios. Los chips neuromórficos prometen traer capacidades de IA avanzada a dispositivos pequeños operados por baterías, como drones o sensores remotos, sin drenar su energía en minutos.
A diferencia de la computación clásica que funciona con un reloj constante, estos chips funcionan por "eventos" o disparos (spikes), activándose solo cuando hay cambios en la información. Esto es ideal para procesar datos sensoriales en tiempo real, como la visión o el tacto robótico, de manera mucho más rápida y natural.